Qué tal si un fin de semana como cualquier otro te dispones abordar un taxi para ir a una fiesta con tu pareja. De repente, el taxi es detenido por las autoridades policiales, quienes, al pedir los papeles al conductor, se dan cuenta que atrás van una pareja agarrándose la mano.
Los policías se enfurecen al verte con tu pareja. Abren la puerta del taxi. Te gritan obscenidades. Te sacan del pelo. Te tiran al pavimento. Te dan patadas al estómago y en la espalda. Te ofenden. Se burlan de vos. Te manosean. Te arrestan sin cargos. Para colmo, cuando llega el señor de la Procuraduría de Derechos Humanos te da mala orientación legal. Te liberan 72 horas después del incidente. Al final, te quedas con muchos golpes en el alma, en el cuerpo, en tu dignidad, en tu integridad personal.
¿Le pasará esto a cualquier pareja que decida agarrarse de la mano en lugar público o privado, como lo es el asiento de atrás de un taxi de alquiler? Pues esto le pasó a una pareja de lesbianas en San Pedro Sula el día 10 de abril del 2005.
Esta situación no sólo se vive en Honduras, sino también en la privacidad de muchos hogares, vecindarios y comunidades, así como en 61 países en los cuales se aplican enjuiciamiento por razones de identidad sexual. En 70 Estados se prohíben las relaciones sexuales entre personas adultas del mismo sexo y las clasifican como delito de “sodomía”, “crímenes contra la naturaleza”, “perversiones sexuales”, “actos inmorales”.
Ha habido tiempos en los cuales la invisibilidad de las personas homosexuales las ha salvado de agresiones y hasta de la muerte. Por ejemplo, miles de hombres gays y hombres que parecían ser gays eran identificados con un triángulo rosado y condenados a vivir en los campamentos de concentración Nazi durante la Segunda Guerra Mundial. De la misma forma, personas Judías fueron obligadas e identificarse con una estrella amarilla y enfrentar el mismo destino.
A quienes aún les resulta difícil creer que existan espacios internacionales que reconozcan la opción sexual como un derecho humano compartirles que en 1998 el Parlamento Europeo aprobó una resolución afirmando la defensa de la igualdad de derechos para gays y lesbianas y que el Comité de Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas ha observado que las leyes que penalizan las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo como “antinaturales” dificultan la labor de prevención del VIH/SIDA. La penalización no sólo genera exclusión y discriminación de quienes padecen la enfermedad, sino también, genera estigma, malos tratos y persecución hacia las personas que trabajan en programas de educación sexual y de prevención del VIH/SIDA.
La sexualidad forma parte de nuestra identidad más profunda y se expresa de acuerdo a las normas sociales y culturales bajo las cuales crecemos. Al igual que la identidad de género, la sexualidad se ha impuesto a través del hecho de haber nacido hembra o macho, de ahí que el determinismo biologicista establece como norma la reproducción y la heterosexualidad obligatoria. Siendo así la construcción de nuestro entorno social ideológico, ¿qué ocurre en la vida de quienes no cumplen con estos mandatos de vida sexual normada?
El estigma, la discriminación, la exclusión o la violencia que incluso puede ser autoejercida son parte de las vivencias de aquellas personas que no cumplen con el modelo de sexualidad impuesto. Esto hace que la experiencia de las personas que viven su sexualidad en formas no socialmente aceptadas se vea muchas veces marcada por exilio interior y silencio exterior.
El sistema ideológico que justifica la violencia contra las personas homosexuales es el heterosexismo, y asume que solo hay una forma de relacionarse sexualmente con otras personas y es a través de la heterosexualidad obligatorio. Bajo esta lógica, para las personas heterosexuales se convierte en aceptable demostrar afecto a su pareja en público, quizás hablar de ésta a sus familias, ser aceptadas o aceptados sin cuestionamientos en su vecindario, iglesia, o ante el profesorado dan del mismo modo con parejas homosexuales, llegando incluso a extremos tan graves como el ejemplo antes mencionado de la pareja de lesbianas hondureñas y su agresión por parte de la policía sólo por ir agarradas de la mano en un taxi.
Es entonces que a la persona que es discriminada por ser homosexual se le acusa, además de causar la homofobia. Culpabilizar a las víctimas es precisamente parte de una cultura autoritaria y opresiva en la que vivimos nuestra sexualidad. Desde una posición de privilegio heterosexual es muy fácil decir que las personas homosexuales tienen un comportamiento sexual perverso o que son desviadas.
De igual forma, decir que ser homosexual es una cuestión privada, un asunto que cada quien decide en la intimidad de su dormitorio, es también decir que la identidad homosexual está limitada únicamente a la actividad sexual, lo que no tome en cuenta la reproducción de relaciones de poder que invisibilizan y violentan los Derechos Humanos de las personas homosexuales. Por lo tanto, decir que el asunto de relacionarse sexualmente con personas de su mismo sexo es únicamente una actividad sexual deja abierta la posibilidad que, por ejemplo, en el caso de las lesbianas, escojan caprichosamente tener relaciones sexuales con mujeres, reforzando la creencia que, en el caso de las lesbianas por ejemplo, estas pueden en efecto dejar de hacer estas cosas “malas” y “pasajeras” sin en realidad lo quisieran.
Una persona homosexual es percibida como alguien que vive fuera de lo moral y lo socialmente aceptado: por lo tanto, no tiene instituciones sociales que le ofrezcan protección ni que garanticen el plena goce de sus Derechos Humanos, comenzando en muchas ocasiones por su propia familia.
Las personas heterosexuales gozan el privilegio de ser aceptadas, no sólo toleradas, sin detenerse a pensar en las retribuciones físicas y afectivas que en pareja o en la familia reciben; también gozan del privilegio de construir redes comunitarias y de apoyo donde pueden expresarse abiertamente y desarrollar su potencial humano. ¿Quién de las personas heterosexuales que leen este artículo renunciaría a disfrutar semejantes espacios familiares y sociales por vivir una sexualidad totalmente voluntaria?
Me parece a mí que disfrutar una vida sin miedo, en familia, en comunidad, sin andarse escondiendo y siendo auténticamente uno o una misma debería considerarse un derecho humano básico. Si las personas con una sexualidad no normada no tienen el derecho a ser las personas que son y de construir comunidad públicamente para conectarse con el resto de seres humanos en sus espacios sociales, entonces, ¿Qué significado tiene todo esto en tiempos en los cuales las redes de derechos humanos comienzan a ser más activas y a expresarse a nivel internacional?
Cabe señalar que los posicionamientos políticos que se sustentan desde ideologías que señalan la sexualidad homosexual como “desorden moral y signo de regresión” como es la opinión del Vaticano, se convierten en graves obstáculos para hablar abiertamente por ejemplo, sobre sexualidad, salud sexual y violencia de género, afectando gravemente a todas las personas, homosexuales o no.
Las feministas estamos entre las personas que también debemos tomar conciencia de la gravedad de la discriminación e invisibilización de la existencia lésbica y homosexual en nuestras agendas de trabajo; ya que la exclusión reproduce la misma lógica patriarcal-noliberal que criticamos por colocar la sexualidad como instrumento de dominación y mercantilización. La agenda lésbica como propuesta política pasa desapercibida por una comunidad que se dice sensibilizada y luchando por los derechos de todas las mujeres, lesbianas o no.
La violencia contra las mujeres afecta de forma extrema a las lesbianas, quienes enfrentan formas particulares de violencia y discriminación en sus hogares y comunidades ya que sus vidas se encuentran bajo la amenaza de ser agredidas por optar por una sexualidad no normada y por los costos de ser percibidas como mujeres que han adquirido independencia sexual de los hombres. ¿Acaso la independencia y autonomía sexual de las mujeres no es una amenaza al orden de los cánones establecidos por el sexismo?
Igualmente, es importante recordar que la lucha contra las estructuras de dominación patriarcal tales como la OMC, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, los inhumanos tratados comerciales como el Tratado de Libre Comercio son un compromiso de feministas, lesbianas o no, así como de movimientos sociales internacionales y revolucionarios.
Lamentablemente, para las lesbianas y otras personas homosexuales, transexuales, bisexuales y transgénero aún se mantienen bien cerradas las puertas de los closets, inclusive de movimientos sociales progresistas, debido a la persecución a la que están sometidas al optar libremente amar a otras personas de su mismo sexo a pesar de las contradicciones y odio que esto genera. Sin lugar a dudas, las puertas de los closets- de todos los hogares e instituciones, inclusive de las oficinas de los ministerios y otras entidades del Estado- deberían abrirse del todo como condición sine qua non para la consecución de una sociedad justa, igualitaria y basada en el respeto a los Derechos Humanos.
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