Sentadas a la mesa hay más de veinte mujeres. El tema de discusión: la construcción del movimiento feminista, pero esta vez desde las luchas específicas como mujeres engras, afrodescendientes, indígenas y mujeres de color en Toronto. Hay pláticas simultáneas, las conocidas se saludan, otras tantas se dirigen a una mesa cercana a ver si alcanzan a devorar algún que otro bocadillo.
El escenario se parece mucho a otras reuniones en las que las mujeres tratamos de buscar salidas a los problemas de la injusticia y opresión que nos aquejan, pero en este caso se trata de la subseccional INCITE en Toronto.
Esta iniciativa tiene la particularidad de poner al descubierto una de las grandes realidades del mal llamado “primer mundo” específicamente en cuanto a la equidad de género es algo que todavía no se ha alcanzado ni de lejos en lo referente a las mujeres negras/ afrodescendientes, indígenas, y a las mujeres de color.
Pero ¿cómo es posible que no haya equidad de género en Canadá y Estados Unidos, si cada vez que el PNUD saca los listados de los países desarrollados éstas y otras tantas potencias mundiales salen en los primeros lugares? ¿Es que la consecución definitiva de la igualdad entre hombres y mujeres de todas las razas no es una condición básica para el adecuado desarrollo de un país?
DENUNCIAS DE INCITE
Los planteamientos en las reuniones de INCITE dan una pauta acerca de los problemas y desafíos más fuertes:
Los indicadores de salud de las y los indígenas que viven en las reservaciones son peores que los datos reportados por las Naciones Unidas para los llamados “países en desarrollo”.
La brutalidad policial hacia las personas indígenas, negras y de color sigue en aumento. Estas poblaciones se encuentran sobre representadas en las cárceles de Estados Unidos y Canadá, no por la eficiencia del sistema de justicia, sino por el crecimiento de la industria carcelaria y del poder militarista policial de los Estados (¿Se han preguntado quién se gana las licitaciones para la construcción de las cárceles? ¿O qué supermercados proveen los víveres para la alimentación de las reclusas y los reclusos? ¿Qué compañías están detrás de la prestación de servicios y bienes para estas personas?).
La coyuntura post 11 de septiembre dio luz verde a la aprobación de leyes que contravienen derechos fundamentales de la ciudadanía, estableciendo sistemas de investigación basados en la sospecha arbitraria de los agentes policiales y de migración. Hoy en día, tener un apellido que suene árabe, cubrirse el cabello, pertenecer a un grupo étnico o raza que genere rechazo a cualquier agente policial dentro o fuera de un aeropuerto puede significar ser interrogada y privada de libertad indefinidamente.
La discriminación laboral y educacional prevalece en Norteamérica. Prueba de ello es que las mujeres negras, afrodescendientes, indígenas y de color se encuentran sobre representadas en ocupaciones peor pagadas, que las exponen a sustancias tóxicas y sin ninguna prestación laboral.
Para las mujeres indocumentadas, el riesgo de la deportación implica una mayor vulnerabilidad, tanto es así que para la mujer “sin papeles” es usual trabajar “como burra” para no recibir casi nada a cambio, más que una amenaza del patrón de guardar silencio o si no llamará a migración.
Para las mujeres indocumentadas, el riesgo de la deportación implica una mayor vulnerabilidad, tanto es así que para la mujer “sin papeles” es usual trabajar “como burra” para no recibir casi nada a cambio, más que una amenaza del patrón de guardar silencio o si no llamará a migración.
En material de salud, se han documentado prácticas de esterilización forzada en mujeres indígenas, negras y de color. Casos frecuentes revelan la práctica de recomendar histerectomías como única alternativa para el tratamiento de fibromas limitando así el derecho a decidir debidamente informada. Otra práctica común es la de promover el uso de medicamentos tóxicos en estas poblaciones, tal es el caso del conocido anticonceptivo Depo Provera oNorplant.
La lista podría continuar, como una letanía de necesidades urgentes para las cuales se necesita un movimiento feminista transnacional negro, afrodescendiente, indígena y de color. Esta descripción superficial de algunas de las luchas de las mujeres emigrantes denota la necesidad cada vez más urgente de entablar un diálogo sostenido entre las mujeres del “Sur” y las mujeres del “Sur” que vivimos en el “Norte”.
Igual que en el VII Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, INCITE se cuestiona el rol de las instituciones en la movilización de las mujeres negras, indígenas y de color. La diferencia es radical. Las instituciones tienden a ver a las mujeres como usuarias de servicios, como meras receptoras de acciones generadas por las instituciones con consultas superficiales. Igualmente INCITE ubica la necesidad de reconocer el derecho a no culpabilizar a aquellas feministas asalariadas en instituciones gubernamentales, semi-autónomas u ONGs.
Sin embargo, sí se cuestiona un reto gigantesco para las feministas que llegan a esos puestos y es la pregunta que en algún momento Las Dignas se plantearon en su misión…¿Cómo generar movimiento de mujeres? ¿Cómo generar movilización desde las identidades y necesidades de las oprimidas?¿ Cómo resistir en un sistema en el que las opresiones en múltiples flancos sofoca los más pequeños intentos de resistencia?
Desde mi punto de vista, esto sólo es posible saliéndonos fuera de las predeterminaciones institucionales y volviendo a las raíces del contacto entre mujeres: fuera de la oficina, en los barrios, en la plática cotidiana, en el metro de Toronto, en la ruta 44 que va para Metrocentro, usando más el Internet entre nosotras y no sólo para mandar los “informes de trabajo”, para que nos contemos qué es lo que nos funciona para generar cambio en nuestras familias, para salir de la noción del “vos allá y yo aquí” y construir un “nosotras.”
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